Desastres del desarrollo
Por Shirley Orozco Ramírez
Cuando vivimos y soportamos –durante las últimas semanas– catástrofes sociales y ambientales, específicamente inundaciones en varias regiones del país, entre ellos los departamentos de Beni y Santa Cruz, cobrando un saldo de 80.000 familias damnificadas y la muerte de más un millón de cabezas de ganado como efectos inmediatos del "fenómeno del Niño", se me hace inevitable no relacionar este hecho –pasando de lo específico a lo general, de lo micro a lo macro– con el meollo o centro de la problemática vivida, no sólo a nivel nacional sino mundial: el modelo economicista–productivista–tecnologicista–cientificista de desarrollo.
Modelo desarrollista condición esencial y causal de los desastres ecológicos, devastación y deterioro ambiental y degradación de la vida en todo el planeta. Erigido, construido y afianzado bajo tres nociones y praxis: la división del hombre y la naturaleza y la concepción de que el ser humano es ajeno a ésta y precisa rendirla y domesticarla, la priorización y determinación economicista ante lo social y la condición humana, y el paraguas de un sistema salvaje de modo de producción capitalista de régimen de explotación de los recursos naturales, producción voraz y acumulación y concentración de la riqueza sin límites.
Pero, "por justicia de lectura", sin resistencia frontal a contra corriente por parte de propuestas críticas de la izquierda, porque es menester indicar que de similar manera a la lógica capitalista, la tradición socialista, en el fondo, en cuanto al paradigma productivista, ni se alejó de la lógica de explotación, producción, enajenación y destrucción de la naturaleza, esta vez, no por una pequeña minoría privada, pero sí por el Estado, ni fue capaz de plantear una alternativa de vida y reproducción humana más digna, solidaria e igualitaria hasta hoy.
En definitiva, desarrollismo que actualmente se encuentra ante los límites e inviabilidad de su funcionamiento, pero a la vez, paradójicamente –aparte de cierta resistencia social– sigue representado en la subjetividad de la gente "lo deseable y buscado".
Cuando vivimos y soportamos –durante las últimas semanas– catástrofes sociales y ambientales, específicamente inundaciones en varias regiones del país, entre ellos los departamentos de Beni y Santa Cruz, cobrando un saldo de 80.000 familias damnificadas y la muerte de más un millón de cabezas de ganado como efectos inmediatos del "fenómeno del Niño", se me hace inevitable no relacionar este hecho –pasando de lo específico a lo general, de lo micro a lo macro– con el meollo o centro de la problemática vivida, no sólo a nivel nacional sino mundial: el modelo economicista–productivista–tecnologicista–cientificista de desarrollo.
Modelo desarrollista condición esencial y causal de los desastres ecológicos, devastación y deterioro ambiental y degradación de la vida en todo el planeta. Erigido, construido y afianzado bajo tres nociones y praxis: la división del hombre y la naturaleza y la concepción de que el ser humano es ajeno a ésta y precisa rendirla y domesticarla, la priorización y determinación economicista ante lo social y la condición humana, y el paraguas de un sistema salvaje de modo de producción capitalista de régimen de explotación de los recursos naturales, producción voraz y acumulación y concentración de la riqueza sin límites.
Pero, "por justicia de lectura", sin resistencia frontal a contra corriente por parte de propuestas críticas de la izquierda, porque es menester indicar que de similar manera a la lógica capitalista, la tradición socialista, en el fondo, en cuanto al paradigma productivista, ni se alejó de la lógica de explotación, producción, enajenación y destrucción de la naturaleza, esta vez, no por una pequeña minoría privada, pero sí por el Estado, ni fue capaz de plantear una alternativa de vida y reproducción humana más digna, solidaria e igualitaria hasta hoy.
En definitiva, desarrollismo que actualmente se encuentra ante los límites e inviabilidad de su funcionamiento, pero a la vez, paradójicamente –aparte de cierta resistencia social– sigue representado en la subjetividad de la gente "lo deseable y buscado".


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